Category: J.P. Sartre

Hay que recordar que la mayoría de los críticos son hombres que no han tenido mucha suerte

    ‘Hay que recordar que la mayoría de los críticos son hombres que no han tenido mucha suerte y que, en el momento en que estaban en los lindes de la desesperación, encontraron un modesto y tranquilo puesto de guardián de cementerio. Dios sabe si los cementerios son lugares de paz; nada hay más apacible que una biblioteca. Los muertos están ahí: no han hecho más que escribir, se les ha perdonado hace tiempo el pecado de vivir y, por otra parte, no se sabe de sus vidas más que por otros libros que otros muertos han escrito sobre ellos. (…). El crítico vive mal, su mujer no le estima como debiera, sus hijos son ingratos y los fines de mes resultan difíciles. Pero siempre es posible entrar en su biblioteca, tomar un libro de un estante y abrirlo. Se escapa del libro un leve olor a cueva y comienza una extraña operación que el crítico ha decidido llamar la lectura. Por un lado, es una posesión; se presta el propio cuerpo a los muertos para que puedan vivir de nuevo. Y, por otro lado, es un contacte con el más allá. El libro, en efecto, no es un objeto, ni tampoco un acto, ni siquiera un pensamiento: escrito por un muerto sobre cosas muertas, ya no tiene lugar en este mundo ni habla de cosas que nos interesen directamente; abandonado a sí mismo, se encoge y se hunde, convirtiéndose en meras manchas de tinta sobre papel mohoso. Y, cuando el crítico reanima estas manchas, cuando hace de ellas letras y palabras, éstas le hablan de pasiones que no siente, de iras sin objeto, de temores y de esperanzas difuntos. Se ve rodeado de un mundo inmaterial en el que los sentimientos humanos, como ya no emocionan, han pasado a la categoría de sentimientos ejemplares y, para decirlo con claridad, de valores. De este modo, el crítico se convence de haber entrado en relación con un mundo inteligible que es como la verdad de sus amarguras cotidianas y al razón de ser de las mismas. Piensa que la naturaleza imita al arte como, según Platón, el mundo sensible imitaba al de los arquetipos. Y, mientras lee, su vida cotidiana se convierte en una apariencia. Es una apariencia su mujer agriada y es una apariencia su hijo jorobado. Y serán salvadas porque Jenofonte ha hecho el retrato de Jantipa y Shakespeare, el de Ricardo III. Para el crítico, es un placer que los autores contemporáneos le hagan el favor de morirse: sus libros, demasiado crudos, demasiado vivos, demasiado apremiantes, pasan al otro lado, conmueve cada vez menos y se hacen cada vez más hermosos; después de una breve permanencia en el purgatorio, van a poblar el cielo inteligible de nuevos valores. Bergotte, Swann, Siegfried, Bella y M. Teste: he aquí adquisiciones recientes. Se está esperando a Nathanaël y Ménalque. En cuanto a los escritores que se obstinan en vivir, lo único que se les pide es que no se agiten demasiado y procuren en adelante parecerse a los muertos que serán (…) A lo sumo, el crítico profesional organizará entre ellos diálogos infernales y nos dirá que el pensamiento francés es una perpetua conversación entre Pascal y Montaigne. Con esto no pretenderá hacer a Pascal y Montaigne más vivos, sino a Malraux y Gide más muertos. Cuando, finalmente, las contradicciones internas de la vida y de la obra hayan dejado a ambas inutilizables, cuando el mensaje, en su profundidad indescifrable, nos haya enseñado estas verdades capitales: que ‘el hombre no es ni bueno ni malo’, que ‘hay mucho sufrimiento en una vida humana’ y que ‘el genio no es más que una larga paciencia’, se habrá alcanzado el objetivo último de esta cocina fúnebre y el lector, dejando su libro, podrá decir, con el ánimo en calma: ‘Todo esto no es más que literatura.’

J. P. Sartre, ‘¿Qué es la literatura?’ (1948)

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