Quatre paràgrafs de George Steiner sobre l’estat de la qüestió el 1960

   
    “En el siglo XX no es fácil para un hombre honrado ser crítico literario. Hay cosas mucho más urgentes que merecen atención. La crítica es un anexo. Pues el arte del crítico consiste en llamar la atención de los lectores con respecto a las obras literarias; precisamente, la atención de aquellos lectores que menos precisan de esta guía; ¿acaso lee un hombre crítica de poesía, o de teatro, o de ficción, salvo cuando se trata de un hombre ilustrado de por sí? En ambas manos caben sendas tentaciones. En la derecha, la historia literaria, con su aire sólido y sus credenciales académicas. En la izquierda, la recensión de libros, no un arte realmente, sino más bien una técnica que se lleva a cabo con la teoría poco plausible de que todos los días se publica algo que merece ser leído. Hasta lo mejor de la crítica puede sucumbir a ambas tentaciones. Deseoso de obtener rentabilidad intelectual y la firme posición del erudito, el crítico, como Saint-Beuve, puede convertirse casi en un historiador literario. O puede inclinarse por las exigencias de la novela y de lo inmediato; una parte significativa de los argumentos críticos de Henry James no ha sobrevivido a la circunstancia en que fueron expuestos. Las buenas revistas son incluso más efímeras que los malos libros.
   
    No obstante, hay otra razón de peso por la que resulta engorroso que una mente seria, nacida en este siglo atribulado y peligroso, dedique sus fuerzas a la crítica literaria. La nuestra es, fundamentalmente, la época de las ciencias naturales. El noventa por ciento de los científicos están vivos. El nivel delas conquistas científicas y el retroceso del horzonte ante la inquisición del espíritu no tienen paralelo reconocible en el pasado. Nuevas Américas son descubiertas cada día. De aquí que la índole de los tiempos esté llena de valores científicos. Éstos extienden su influencia y fascinación mucho más allá de las fronteras científicas en el sentido clásico. La historia y la economía sostienen que son ciencias en sentido estricto; lo mismo hacen la lógica y la sociología. El historiador de arte afila instrumentos y técnicas que considera científicos. El compositor de música dodecafónica remite sus austeras prácticas a las matemáticas. Durrell ha dicho en el prefacio de su Cuarteto que ha querido verter en el lenguaje y su estilo literario la perspectiva de la teoría de la relatividad. Él ve la ciudad de Alejandría en cuatro dimensiones.
 
   (…) En la crítica literaria no hay tierra prometida de hechos establecidos, ninguna utopía de la certeza. En virtud de su naturaleza misma, la crítica es personal. No es susceptible ni de demostración ni de pruebas coherentes. No dispone de instrumento más exacto que las barbas de Housman erizándose mientras un hermoso verso relampaguea en su cabeza. A lo largo de la historia, los críticos han suspirado siempre por demostrar que su métier era una ciencia a fin de cuentas, que éste posee cánones y medios de discernir las verdades absolutas. Coleridge unció su genio intensamente personal, a menudo inestable, al yugo de un sistema metafísico. En un manifiesto famoso, Taine proclamó que el estudio de la literatura no era menos exacto que el de las ciencias naturales. El doctor I. A. Richards ha suscrito la esperanza de que haya un cimiento psicológico objetivo en el acto del juicio estético. Su discípulo más distinguido, el profesor Empson, ha llevado a las artes de la crítica literaria las modalidades y paralelismos de las matemáticas.
   
    Pero el hecho queda en pie: un crítico literario es un individuo que juzga un texto dado de acuerdo con la afición momentánea de su propio espíritu, de acuerdo con su humor o la tesitura de sus opiniones. Su criterio puede ser más valioso que el de ustedes o el mío sólo porque está basado en un conocimiento mayor o porque aquél está presentado con claridad más persuasiva. No se puede demostrar de manera científica ni puede aspirar a la permanencia. Las ventoleras del gusto y la moda son inconstantes y cada generación de críticos empieza a juzgar de nuevo. Las opiniones sobre los méritos de una obra de arte, sin embargo, son irrefutables. Balzac consideraba que la señora Radcliffe era tan artista como Stendhal. Nietszche, una de las mentes más agudas conrespecto a la música, llegó a decir que Bizet era un compositor más legítimo que Wagner. Por nuestra parte, sentimos en el alma y en la sangre que estas concepciones son erróneas y corruptas. Pero no podemos refutarlas como un científico puede refutar una teoría falsa. ¿Y quién sabe si una época futura emitirá juicios que hoy nos parecen insostenibles?”
George Steiner,
Georg Lukács y su pacto con el diablo (1960)
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