Història i valor, de Frank Kermode

    “Resulta sorprendente que en una época como la nuestra, descrita generalmente como período de escepticismo, de crítica y de poscrítica, mencionemos en tan raras ocasiones las razones por las que nos sentimos inclinados a hablar con regularidad de x y casi nunca de y. A menos que nos gobierne un propósito político -en cuyo caso reemplazaremos con un nuevo dispositivo de prejuicios aún no sometidos a examen aquellos previos, ya existentes- nos inclinaremos siempre a dejar en manos del viejo y común árbitro, el Tiempo, el problema del juicio estético.

    Al buscar a mi alrededor algunos ejemplos de nuestra disposición en tal sentido, no necesité siquiera alejarme de mi mesa de desayuno. He aquí a Anthony Burgess, el 14 de noviembre de 1986, asegurándonos que “sólo el futuro puede decidir quién es tan bueno o al menos no inferior a William Golding”. Y el mismo día topo con un dictum  de Barbara Everett: “Muchos escritores se las arreglan para sobrevivir de una u otra manera”. Afirmamos cosas por el estilo sin pararnos a pensar que no tienen ningún significado si, al mismo tiempo, no somos capaces de dar nombres de grandes escritores que no hayan sobrevivido y explicar por qué, a pesar de ello, siguen siendo grandes. Y este hábito no es propio únicamente de los críticos literarios: el 3 de octubre de 1986 Norbert Lybton afirmaba, también en el Times Literary Supplement: “Kokoschka fue un vigoroso pintor y un sobresaliente dibujante. A su tiempo sabremos si, además, fue un artista verdaderamente grande”. El tiempo dirá. Para algunos, como el doctor Johnson, en cien años; en cincuenta para otros; en diez para Cyril Connolly. El tiempo dirá qué es lo bueno y qué lo grande, y lo hará sin una presumible y específica intervención humana.

    Robert Graves, quien tanto en las conferencias Clark como en otros sitios no dudó en afirmar que él sí se sentía capacitado para asumir el papel del Tiempo ante sus contemporáneos, se preguntó cierta vez por qué los otros críticos se mostraban tímidos a la hora de emitir juicios de valor:

Any honest housewife would sort them out,

Having a nose for fish, an eye for apples.

Is it any mystery who are the sound,

And who the rotten? ever, by her lights.

Any honest housewife who, by ill-fortune,

Ever engaged a slut to scrub for her

Could instantly distinguish from the workers

The lazy, the liars and the petty thieves.

Dos this denote a peculiar sixth sense

Gifted to housewives for their vestal needs?

Or is it a failure of the usual five

In all untrhifty writers on this head?” [1]

 

 

 

 

[1] Toda honesta ama de casa sabrá tener / buen olfato para el pescado y buen ojo para la fruta. / ¿Hay tal vez algún misterio en distinguir / entre cuáles son los sanos y cuáles los podridos? Ninguno, dirá ella. / Toda honesta ama de casa que, para su desgracia, / contrate alguna vez una criada mugrienta, / no dejará por ello de distinguir al instante la trabajadora / de la holgazana, la mentirosa o la que roba. / ¿Significa acaso esto que un peculiar sexto sentido / ha sido dado a las señoras para sus domésticas obligaciones? ¿O es más bien un defecto de nuestros usuales cinco sentidos / ante este acopio de escritores en mi cabeza? 

 

 

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